En un principio vendíamos solo productos naturales:
centeno, cebada, brotes de soja;
pero,
como el barrio no estaba para dietas,
tuvimos que agregar una parrilla en la vereda
con sanguches de vacío y choripanes.
Después, abriendo una ventanita,
anexamos
caramelos, cigarrillos, helados de palito,
preservativos mentolados, fosforescentes y extrachatos.
El diario de los domingos.
Medicamentos de venta libre.
Bandas de rock locales
colmaban el recinto los viernes a la noche.
Los sábados, títeres para los chicos,
venta de garapiñadas y lupines,
alquiler de ponys
para dar vuelta a la manzana en caballito.
Los jueves, funcionaba el club del trueque
y los miércoles una feria americana.
Todas las tardes teníamos sorteos,
carreras de embolsados y mesas de dinero.

Siempre atentos a los vaivenes de la moda
ofrecíamos pichinchas, ofertas imperdibles
y promociones abismales.
Inquietos emprendedores,
corriendo el mostrador hacia un costado
hicimos lugar para tres computadoras
y un par de cabinas telefónicas;
pero el grueso del efectivo
entraba con las fotocopias
y cuatro cachivaches que oficiaban de remises
o ambulancias tercerizadas por hospitales de la zona.
Al tiempo
empezamos a vender relojes,
motores fuera de borda para lanchas deportivas,
teléfonos celulares que sacaban fotografías digitales,
esfínteres con dilataciones programadas,
manos libres,
piernas ortopédicas,
órganos para trasplantes,
tráfico de bebes para agilizar las adopciones,
armas cortas, largas, blancas, biológicas
y cuando caía la demanda de zapallitos de Bruselas
importábamos imigrantes limítrofes e ilegales.
Y así nos fuimos expandiendo,
sin descuidar
el marketing, el packashing ni el target.
Siguiendo la lógica implacable de las leyes del mercado
ampliamos el local de calle a calle,
conquistando pueblos y ciudades,
países enteros
o partes sustanciales de interés estratégico,
o materias primas nunca renovables...

Y cuando
ya no quedó nada más para vender,
y en el baldío del amor propio
cerraron las percianas.
Vengo a ofrecer este poema;
a doble espacio,
con un final feliz si usted lo quiere.
Sus 1700 consonantes y vocales
hasta agotar stock.
Se incluyen signos de puntuación
y metáforas a precios populares.